Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes “Padre nuestro amantísimo...” Así es como decía el cura, de modo que supongo que estará bien para una plegaria privada, ¿no es cierto? – se interrumpió alzando la cabeza por un momento –. “Padre nuestro amantísimo, te doy las gracias por el Blanco Camino del Encanto y por el Lago de las Aguas Refulgentes y por Bonny y por la Reina de las Nieves. Te estoy extremadamente agradecida por ello. Y éstas son todas las cosas que tengo que agradecerte por el momento. En cuanto a las que tengo que pedirte, es tanto, que llevaría mucho tiempo nombrarlo, de manera que sólo mencionaré las dos cosas más importantes: Por favor déjame quedarme en “Tejas Verdes”; y por favor, haz que sea guapa cuando crezca.
Tuya sinceramente,
Ana Shirley.
- Ya está. ¿Lo hice bien? – preguntó ansiosamente mientras se levantaba –. Podía haberlo hecho mucho mejor de haber tenido algo más de tiempo para pensarlo.
Lo único que impidió que a la pobre Marilla le diera un colapso fue el convencimiento de que no era la irreverencia lo que motivaba la original petición de Ana, sino la simple ignorancia religiosa.
Arropó a la niña, mientras para sus adentros se hacía la promesa de que al día siguiente la enseñaría una verdadera oración, y ya dejaba la habitación con la vela en la mano, cuando Ana la llamó.