Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- No creo en eso de imaginar las cosas distintas de como son en realidad – respondió Marilla –. Cuando el Señor pone en nosotros unas características, no debemos imaginar que son distintas. Y eso me hace recordar algo. Ve al salón, Ana; asegúrate de no dejar entrar moscas y de que tienes las suelas limpias, y tráeme la estampa que hay sobre el mantel. El Padre Nuestro está impreso allí y puedes dedicar esta tarde a aprenderlo de memoria. No quiero oír más oraciones como la de anoche.

- Supongo que fui muy torpe – dijo Ana –, pero es que, ¿sabe usted?, nunca tuve práctica.

¿No esperaría usted que alguien rezara muy bien la primera vez que lo hace, no es así?

Pensé una espléndida plegaria después de acostarme, tal como le prometí hacerlo. Era casi tan larga como la de un sacerdote; e igual de poética. Pero, ¿creerá que esta mañana al despertar no recordaba una sola palabra de ella? Y tengo miedo de no poder volver a pensar otra tan buena. Por alguna razón, segundas partes nunca son buenas. ¿Ha notado eso?.

- Aquí hay algo que debes notar tú, Ana. Cuando te mando hacer algo quiero que me obedezcas inmediatamente y que no te quedes como una estatua y hagas un discurso.

Debes ir y hacer lo que se te mande.


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