Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - En eso – dijo señalando el cuadro, una litografía bastante vívida titulada “Cristo bendiciendo a los niños” –. Me imaginaba que era uno de ellos, esa niña que está sola en el rincón como si no fuera de nadie, igual que yo. Parece triste y solitaria, ¿no cree usted? Sospecho que no tiene madre ni padre. Pero también quería Su bendición, de manera que se acercó tímidamente al extremo de la multitud, esperando que nadie, excepto Él, la notara. Yo sé cómo debía sentirse. Su corazón debe haber latido y sus manos haber estado frías, igual que las mías cuando le pregunté si podría quedarme. Ella temía que Él no la viera. Pero creo que debió verla, ¿no le parece? He estado tratando de imaginarme todo eso; ella se deslizaba hasta llegar a Su lado, y entonces Él la miraba y ponía su mano sobre su cabecita, y ¡qué estremecimiento de alegría recorría su cuerpo!
Pero me hubiera gustado que el artista no hubiese pintado al Señor con un aspecto tan triste. No sé si habrá notado que todos sus retratos son así. Yo no creo que Él tuviera ese aspecto en realidad, pues los niños le hubieran temido.
- Ana – dijo Marilla, pensando por qué no había interrumpido antes ese largo discurso –, no debes hablar así. Es irreverente, claramente irreverente.
Ana abrió los ojos.