Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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Recordé a Paul y sus fantasías sobre «la tierra del ocaso».

«Tendremos que esperar a Mañana para poder hacerlo», respondí. «Mira, Elizabeth, esa isla dorada de nubes, justo encima de la boca del puerto. Imaginemos que es tu Isla de la Felicidad».

«Hay una isla por allí, en alguna parte» dijo Elizabeth con voz soñadora. «Se llama Nube Voladora. ¿No es un nombre precioso? ¿Un nombre salido de Mañana? La veo desde las ventanitas de la buhardilla. Pertenece a un caballero de Boston que tiene una casa veraniega allí. Pero yo me imagino que es mía».

En la puerta, me incliné y besé la mejilla de Elizabeth antes de que ella entrara. Jamás olvidaré la expresión de sus ojos. Gilbert, esa niña necesita cariño.

Hoy, cuando vino a buscar la leche, me di cuenta de que había estado llorando.

«Hicieron que… me lavara su beso, señorita Shirley», sollozó. «Yo no quería volver a lavarme la cara nunca más. Juré que no lo haría. Es que no quería quitarme su beso. Esta mañana logré irme a la escuela sin lavármela, pero ahora la “mujer” me ha llevado al baño y me ha pasado la esponja por toda la cara».

Me mantuve seria.


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