Ana la de Alamos Ventosos

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«No podrías ir por la vida sin lavarte la cara de vez en cuando, tesoro. Pero no te preocupes por el beso. Te besaré todas las noches cuando vengas a buscar la leche y entonces no tendrá importancia que te laves la cara a la mañana siguiente».

«Usted es la única persona en el mundo que me quiere», dijo Elizabeth. «Cuando me habla, huelo a violetas».

¿Recibió alguien alguna vez un cumplido tan hermoso? Pero no pude dejar pasar la primera frase.

«Tu abuela te quiere, Elizabeth».

«No… Ella me odia».

«Eres un poco tonta, mi vida. Tu abuela y la señorita Monkman son ancianas, y los ancianos se preocupan y se afligen con facilidad. Por cierto, a veces las haces enfadar. Y desde luego, cuando ellas eran jóvenes, los niños eran criados con mucha más severidad que ahora. Se aferran a las viejas costumbres».

Pero me pareció que no lograba convencerla. Después de todo, no la quieren y ella se da cuenta. Miró hacia la casa para ver si la puerta estaba cerrada, y luego dijo, con deliberación:

«Abuela y la “mujer” son dos tiranas y cuando llegue Mañana me voy a escapar para siempre. No me verán más».


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