Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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Pero más que nada, quería hacerlo hablar. Intuía que nada en el mundo lo castigaría más que verse forzado a hablar cuando había decidido no hacerlo. ¿Y si ella se pusiera de pie y destrozara deliberadamente el enorme y espantoso florero que había sobre la mesa del rincón? Era un florero muy elaborado, cubierto de coronas, rosas y hojas, de las cuales era muy difícil quitar el polvo, pero que debían de estar inmaculadamente limpias. Ana sabía que toda la familia lo odiaba, pero que Cyrus Taylor no quería saber nada de mandarlo al desván porque había pertenecido a su madre. Ana pensó que lo haría sin miedo, si tuviera la certeza de que con eso provocaría un estallido verbal de furia.

¿Por qué no hablaba Lennox Carter? Si lo hiciera, ella, Ana, también hablaría, y quizá Trix y Pringle escaparían del hechizó que los tenía mudos y sería posible entablar una conversación. Pero se quedaba sentado allí, comiendo. Quizá pensaba que era lo mejor que se podía hacer… tal vez tenía miedo de decir algo que pudiera exacerbar todavía más al encolerizado padre de su amada.

—¿Quiere, por favor, comenzar con los entremeses, señorita Shirley? —murmuró la señora Taylor.

Algo perverso despertó dentro de Ana. Comenzó con los entremeses… y con algo más. Sin permitirse pensar, se inclinó hacia adelante, con un brillo claro en sus grandes ojos grisáceos, y dijo, con voz suave:


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