Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos La cena tuvo un mal comienzo, pues la nerviosa Esme dejó caer el tenedor al suelo. Todos, salvo Cyrus, se sobresaltaron, pues estaban nerviosísimos. Cyrus fulminó a Esme con una mirada de sus saltones ojos azules. Luego fulminó a todos los demás y los dejó paralizados y mudos. Miró sombríamente a su esposa cuando sé sirvió salsa, y ella ya no pudo comer… a pesar de lo mucho que le gustaba. Tampoco Esme pudo probar bocado; ella y su madre jugueteaban con la comida en el plato. La cena prosiguió en un espantoso silencio, sólo interrumpido por espasmódicos comentarios de Trix y Ana sobre el tiempo. Con su mirada, Trix suplicaba a Ana que hablara, pero Ana, por una vez en la vida, no podía encontrar nada que decir. Sabía que debía hablar, pero lo único que le venía a la cabeza eran ideas de lo más tontas, cosas que sería imposible comentar en voz alta. ¿Acaso estaban todos hechizados? Era curioso el efecto que ese hombre malhumorado y obstinado tenía sobre los demás. Ana no lo hubiera creído posible. Y no cabía duda de que realmente disfrutaba al saber que ponía terriblemente incómodos a todos los comensales. ¿Qué le pasaba por la mente? ¿Saltaría si alguien lo pinchara con un alfiler? Ana sentía deseos de abofetearlo, pegarle en la mano, ponerlo en el rincón, tratarlo como la criatura malcriada que realmente era, a pesar de su hirsuta cabellera gris y sus bigotes truculentos.