Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Le presté mi Libro de los mártires, de Foxe. Detesto prestar un libro que amo (nunca me parece igual cuando me lo devuelven), pero al libro de Foxe lo quiero solamente porque la señora Allan me lo dio como premio en la escuela dominical, hace muchos años. No me gusta leer sobre mártires porque siempre me hacen sentir mezquina y avergonzada por admitir que detesto levantarme de la cama en las mañanas frías y que tiemblo ante la idea de una visita al dentista.
Bien, me alegra que Esme y Trix estén felices. Puesto que mi propio romance va viento en popa, me intereso más todavía en los de otras personas. Es un agradable interés, sabes… No es curiosidad ni malicia sino solamente alegría porque hay tanta felicidad repartida.
Todavía estamos en febrero y «sobre el techo del convento la nieve resplandece hacia la luna»… con la diferencia de que no es un convento, es sólo el techo del granero del señor Hamilton. Pero comienzo a pensar: faltan solamente unas semanas para la primavera… y unas más para el verano… las vacaciones… Tejas Verdes… el sol dorado sobre los prados de Avonlea… el golfo plateado al amanecer, azul como un zafiro al mediodía y rojo al atardecer… y tú.