Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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La pequeña Elizabeth y yo tenemos infinidad de planes para la primavera. Somos muy buenas amigas. Le llevo la leche todas las tardes, y de tanto en tanto, le permiten salir a dar un paseo conmigo. Hemos descubierto que cumplimos años el mismo día y Elizabeth se sonrojó de placer al enterarse. Es tan dulce cuando se sonroja. Por lo general, está demasiado pálida y su color no mejora a pesar de la leche fresca. Sólo cuando volvemos de nuestros paseos al atardecer, bajo las brisas que traen la noche, tiene un precioso color rosado en las mejillas. Una vez me preguntó, muy seria:

«¿Tendré un precioso cutis cremoso como el suyo, cuando crezca, señorita Shirley, si me pongo suero de leche todas las noches?».

El suero de leche parece ser el cosmético más utilizado en la Calle del Fantasma. He descubierto que Rebecca Dew también lo usa. Me ha pedido que no diga nada a las viudas pues lo considerarían demasiado frívolo para su edad. La cantidad de secretos que tengo que guardar en Álamos Ventosos me está haciendo envejecer antes de tiempo. Me pregunto si un poco de suero de leche sobre la nariz me haría desaparecer las siete pecas. A propósito, señor, ¿se le ocurrió alguna vez que yo tenía «un precioso cutis cremoso»? Si fue así, jamás me lo dijiste. ¿Y has tomado conciencia de que soy «comparativamente hermosa»? Porque he descubierto que lo soy.


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