Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos «Pauline, por favor, no me contradigas. Sigo pensando que los escalones de la iglesia eran un lugar indecoroso para besar a alguien. Pero claro, mis opiniones ya no interesan a nadie. Por supuesto, todos desean verme muerta. Bien, habrá sitio para mí en la tumba. Sé qué carga soy para ti. Bien podría morir, en realidad. Nadie me quiere».
«No digas eso, mamá», suplicó Pauline.
«Sí, lo diré. Aquí estás, decidida a irte a esas bodas de plata aunque sabes que no lo apruebo».
«Querida mamá, no iré. No se me ocurriría ir sin tu aprobación. No te pongas nerviosa…».
«Ah, ya ni siquiera puedo ponerme un poco nerviosa para alegrarme la vida, ¿eh? ¿Se va tan pronto, señorita Shirley?».
Sentí que si me quedaba más tiempo, me volvería loca o abofetearía la cara de cascanueces de la señora Gibson. De manera que dije que tenía exámenes que corregir.
«Oh, bueno, supongo que dos ancianas como nosotras no somos compañía entretenida para una joven», suspiró la señora Gibson. «Pauline no es muy alegre… ¿no es verdad, Pauline? No eres muy alegre. No me extraña que la señorita Shirley quiera irse».