Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Pauline salió al porche conmigo. La luna brillaba sobre su pequeño jardín y resplandecía sobre el puerto. Una brisa suave, deliciosa, conversaba con un manzano blanco. Era primavera… primavera… ¡primavera! Ni siquiera la señora Gibson puede impedir que florezcan los ciruelos. Y los ojos grisáceos de Pauline estaban bañados en lágrimas.
«Me gustaría tanto ir a la fiesta de Louie», murmuró con un suspiro de resignación.
«Pues irá», dije.
«No, querida, no puedo. La pobre mamá nunca dará su consentimiento. Me lo quitaré de la cabeza, sencillamente. ¿No es hermosa la luz de la luna?», añadió con voz fuerte y alegre.
«Nunca oí que surgiera nada bueno de mirar la luna», gritó la señora Gibson desde la sala. «Deja de conversar, Pauline, y ven a traerme las pantuflas con borde de piel. Estos zapatos me están torturando los pies. Pero claro, a nadie le importa mi sufrimiento».
A mí, la verdad, no me importaba. ¡Pobre Pauline! Pero tendrá su día libre y su fiesta de bodas de plata. Yo, Ana Shirley, lo he decidido.
Les conté todo a Rebecca Dew y a las viudas cuando volví y nos divertimos muchísimo pensando en las cosas ofensivas que podría haberle dicho a la señora Gibson. La tía Kate opina que no lograré que permita irse a Pauline, pero Rebecca Dew tiene confianza en mí.