Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Sí, era lindo sentirse necesitada. Ana pensó en eso en su habitación de la torre; Dusty Miller había escapado de las viudas y de Rebecca Dew y se había acurrucado sobre su cama. Ana pensó en Pauline, trotando de nuevo hacia sus cadenas, pero animada por «el espíritu inmortal de un día feliz».
—Espero que alguien siempre me necesite —dijo Ana a Dusty Miller—. Y es hermoso, Dusty Miller, poder darle alegría a alguien. Me ha llenado de alegría poder regalarle este día a Pauline. Pero, ay, Dusty Miller, ¿crees que algún día seré como la señora Gibson, si llego a los ochenta? ¿Lo crees, Dusty?
Dusty Miller, con ronroneos profundos y aterciopelados, le aseguró que no lo creía.