Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Ana fue a Bonnyview la noche del viernes, antes de la boda. Los Nelson daban una cena para algunos amigos e invitados que llegaban por barco. La amplia casa, residencia veraniega del doctor Nelson, estaba construida entre pinos sobre un largo entrante, con la bahía a ambos lados, y detrás, una extensión de dunas doradas que sabían todo lo que había que saber sobre vientos.
A Ana le gustó en cuanto la vio. Una antigua casa de piedra siempre tiene aspecto sosegado y digno. No teme los embates de la lluvia ni del viento ni del paso del tiempo. Y aquella tarde de junio, bullía de vida y emoción, con las risas de las chicas, los saludos de amigos, carruajes que entraban y salían, niños que corrían. A cada momento llegaban regalos; todos estaban atrapados en la vertiginosa alegría de una boda. Los dos gatos negros del doctor Nelson, que ostentaban los nombres de Barnabas y Saul, estaban sentados sobre la baranda de la galería y contemplaban todo como dos imperturbables esfinges peludas.
Sally se apartó de un grupo y llevó a Ana arriba.