Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Así que usted es la señorita Shirley, de la que tanto he oído hablar. No se parece nada a una señorita Shirley que conocí. Ella tenía unos ojos preciosos. Bien, Sally, así que por fin te casas. Pobre Nora, es la única que queda. Bueno, tu madre tiene suerte por haberse quitado de encima a cinco hijas. Hace ocho años le dije: «Jane, ¿crees que alguna vez vas a lograr casar a todas esas chicas?». Bueno, los hombres no traen otra cosa que problemas, a mi entender, y de todas las cosas inseguras, el matrimonio es la menos segura, ¿pero qué otra cosa hay para una mujer en este mundo? Es lo que acabo de decirle a la pobre Nora. «Presta atención, Nora», le dije, «no es nada divertido quedarse solterona. ¿En qué está pensando ese Jim Wilcox?», le dije.
—Ay, tía Grace, Jim y Nora se pelearon en enero, y desde entonces él no ha vuelto por aquí.
—Yo creo que se debe decir lo que se piensa. Las cosas hay que decirlas. Me enteré de esa pelea. Por eso le pregunté por él. «Tienes que saber», le dije, «que sale a pasear con Eleanor Pringle». Se sonrojó, se puso furiosa, y salió corriendo. ¿Qué hace Vera Johnson aquí? No es de la familia.
—Vera siempre fue muy amiga mía, tía Grace. Va a tocar la marcha nupcial.