Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos La mañana del sábado transcurrió en un torbellino de preparativos de último momento. Ana, envuelta en uno de los delantales de la señora Nelson, la pasó en la cocina, ayudando a Nora con las ensaladas. Nora estaba irritable; era evidente que se arrepentÃa, como habÃa dicho, de sus confidencias de la noche anterior.
—Quedaremos agotados para un mes —se quejó—. Además, papá no puede permitirse realmente todo este despilfarro. Pero Sally estaba decidida a tener lo que llama «una linda boda» y papá cedió. Siempre la ha malcriado.
—Estás celosa —dijo la tÃa Sabueso, asomando la cabeza desde la despensa, donde estaba enloqueciendo a la señora Nelson con sus malos presagios.
—Tiene razón —confesó Nora a Ana, amargamente—. Es verdad. Estoy celosa y avinagrada… odio ver a la gente feliz. Pero no me arrepiento de haber abofeteado a Jud Taylor anoche. Lamento no haberle pellizcado la nariz, también. Bien, las ensaladas están terminadas. Han quedado muy bien. Me encanta arreglar las cosas cuando estoy bien. En realidad, espero que todo salga bien y que Sally sea feliz. En el fondo, la quiero mucho, aunque en este momento me parece que odio a todo el mundo y a Jim Wilcox más que a nadie.