Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Espero que el novio no desaparezca justo antes de la ceremonia. —Las palabras llegaron flotando desde la despensa en el tono lúgubre de la tÃa Sabueso—. Austin Creed lo hizo. Se olvidó que se casaba ese dÃa. Los Creed siempre fueron olvidadizos, pero eso ya es demasiado.
Las dos muchachas se miraron y lanzaron una carcajada. La cara de Nora se transformó por la risa: cobró luz, color y brillo. En ese momento, alguien entró para decirle que Barnabas habÃa vomitado en la escalera… demasiados hÃgados de pollo, sin duda. Nora corrió a reparar los daños, y la tÃa Sabueso salió de la despensa diciendo que esperaba que no desapareciera la tarta de bodas, como habÃa sucedido en la boda de Alma Clark, hacÃa diez años.
Al mediodÃa, todo estuvo inmaculadamente listo: la mesa puesta, las camas adornadas con primor, cestos con flores en todas partes y en la gran habitación que daba al norte, Sally y sus tres damas de honor, temblorosas y espléndidas. Ana, con su vestido verde Nilo y sombrero a juego, se miró en el espejo y deseó que Gilbert pudiera verla.
—Estás guapÃsima —dijo Nora, con un dejo de envidia.
—Tú también, Nora. Ese vestido azul y ese sombrero dan mucho brillo a tu cabello y hacen resaltar el color de tus ojos.