Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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—A nadie le importa si estoy bien o no —se quejó Nora con amargura—. Bien, Ana, mira mi sonrisa. No voy a ser una aguafiestas. Tengo que tocar la marcha nupcial, después de todo. Vera tiene una jaqueca terrible. Casi preferiría tocar la marcha fúnebre, como dijo la tía Sabueso.

La anciana, que había merodeado por la casa toda la mañana, interfiriendo en todo, enfundada en un viejo quimono no demasiado limpio y un marchito sombrerito, apareció resplandeciente en un vestido oscuro e informó a Sally que una de las mangas no le quedaba bien y que esperaba que a nadie se le vieran las enaguas debajo del vestido, como había sucedido en la boda de Annie Crewson. La señora Nelson entró en la habitación y lloró al ver a Sally tan bonita con su vestido de novia.

—Vamos, vamos, no te pongas sentimental, Jane —la tranquilizó la tía Sabueso—. Todavía te queda una hija… y es probable que te acompañe hasta la vejez. Las lágrimas traen mala suerte en las bodas. Bueno, lo único que espero es que nadie caiga muerto de repente, como le pasó al viejo tío Cromwell en la boda de Roberta Pringle, en plena ceremonia. La novia pasó dos semanas en cama, por el susto.


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