Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Pasaron casi tres semanas antes que Lewis tuviera tiempo de revelar las fotografías. El primer domingo que fue a cenar a Álamos Ventosos, las llevó consigo. Tanto la casa como el Muchachito habían salido espléndidamente. El Muchachito sonreía desde la fotografía «tan real como la vida» según Rebecca Dew.
—¡Pero mira, se parece mucho a ti, Lewis! —exclamó Ana.
—Sí, es cierto —asintió Rebecca Dew, escudriñando la fotografía con aire juicioso—. En cuanto la vi, me hizo pensar en alguien, pero no podía decir quién.
—Los ojos… la frente… la expresión… son los tuyos, Lewis —declaró Ana.
—Cuesta creer que haya sido un niño tan bonito —dijo Lewis, encogiéndose de hombros—. Tengo una fotografía mía en alguna parte, tomada cuando tenía ocho años. La buscaré y las compararé. Le daría risa verla, señorita Shirley. Estoy muy serio, con rizos largos y cuello de encaje, tieso como una vara. Supongo que debo de tener la cabeza apretada dentro de uno de esos aparatos con tres garras que solían usar. Si el niño de esta fotografía se parece a mí, debe de ser solamente una coincidencia. El Muchachito no puede ser pariente mío. No tengo parientes en la Isla… ahora.
—¿Dónde naciste? —quiso saber la tía Kate.