Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos El gato es un precioso animal con ojos dorados, un elegante pelaje maltés e irreprochable linaje. Las tías Kate y Chatty lo llaman Dusty Miller, puesto que ése es su nombre, y Rebecca Dew lo llama «ese gato» porque le tiene encono y no le gusta tener que darle cinco centímetros cuadrados de hígado todas las mañanas y todas las noches, ni quitar los pelos del sillón de la salita con un viejo cepillo cada vez que él se sube allí, ni ir a buscarlo por las noches, cuando el gato se va de juerga.
«A Rebecca Dew nunca le gustaron los gatos», me contó la tía Chatty, «y detesta a Dusty. El perro de la vieja señora Campbell, tenía un perro en aquel entonces, lo trajo en la boca, hace dos años. Supongo que pensó que no tenía sentido llevárselo a la señora Campbell. Pobre gatito, estaba mojado y muerto de frío, con los huesecillos asomándole por debajo de la piel. Ni un corazón de piedra le hubiera negado un refugio. Así que Kate y yo lo adoptamos, pero Rebecca Dew nunca nos lo perdonó. No estuvimos nada diplomáticas aquella vez. Tendríamos que habernos negado de inmediato a alojarlo. No sé si has notado…», agregó la tía Chatty, y echó una mirada cautelosa en dirección a la puerta que separaba el comedor de la cocina, «la forma en que manejamos a Rebecca Dew».