Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —SolÃa recitar… me gustaba hacerlo. Pero hace dos veranos recité en un concierto organizado por un grupo de veraneantes… y luego los oà riéndose de mÃ.
—¿Cómo sabes que se reÃan de ti?
—¿De quién, si no? No habÃa ninguna otra cosa que causara risa.
Ana disimuló una sonrisa y siguió insistiendo con la lectura.
—PodrÃas recitar Ginebra. Me han dicho que te sale de maravilla. La señora de Stephen Pringle me contó que no pegó un ojo la noche después de haberte escuchado.
—No. Ginebra nunca me gustó. Está en el programa de la escuela, asà que en ocasiones trato de mostrarle a la clase cómo leerlo. Realmente no tengo paciencia con Ginebra. ¿Por qué no gritó cuando descubrió que estaba encerrada? Si estaban todos buscándola, alguien la hubiera oÃdo, sin duda.
Katherine por fin accedió a la lectura, pero se mostró indecisa en cuanto a la fiesta.