Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos ¡Qué velada! ¡Cuán plateados y sedosos parecían los caminos con un cielo verde pálido en el oeste después de una ligera nevada! Orión se abría paso majestuoso por los cielos, y las colinas, los campos y los bosques yacían en perlado silencio.
La lectura de Katherine capturó al público desde el primer renglón, y en la fiesta no le alcanzaron las piezas para todos los que querían bailar con ella. De pronto se encontró riendo sin amargura ni sarcasmo. Luego, otra vez a Tejas Verdes, a calentarse los pies junto al fuego de la sala, a la luz de dos velas amistosas sobre la repisa. La señora Lynde entró en el dormitorio, a pesar de la hora tardía, para preguntarles si querían otra frazada y asegurar a Katherine que su perrito estaba abrigado dentro de una cesta, en la cocina.
«Miro la vida con nuevos ojos», pensó Katherine, soñolienta. «No sabía que había personas como éstas».
—Ven a visitarnos de nuevo —dijo Marilla cuando llegó el momento de partir.
Marilla jamás se lo decía a nadie, a menos que realmente lo deseara.