Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Es verdad que parezco mucho más joven —admitió—. TenÃas razón… la ropa ayuda mucho. Sé que parecÃa mayor de lo que era y no me importaba. ¿Por qué iba a importarme? A nadie le importaba. Y no soy como tú, Ana. Aparentemente naciste sabiendo cómo vivir. Yo de eso no sé nada… ni siquiera el abecedario. Me pregunto si será demasiado tarde para aprender. He sido sarcástica tanto tiempo que no sé si puedo dejar de serlo. El sarcasmo me parecÃa la única forma de impresionar a la gente. Y me parece, también, que siempre tuve miedo, cuando estaba en compañÃa de otras personas, de decir alguna tonterÃa o de que se burlaran de mÃ.
—Katherine Brooke, mÃrate en ese espejo y llévate contigo esa imagen… una magnÃfica cabellera enmarcando tu cara, en lugar de estar peinada hacia atrás, ojos brillantes como estrellas oscuras, mejillas levemente sonrosadas de entusiasmo. No sentirás miedo. Vamos, llegaremos tarde, pero por suerte todos los que actúan tienen asientos «preservados», como oà decir a Dora.
Gilbert las llevó al salón. Cuán similar a los viejos tiempos… sólo que ahora Katherine estaba con ella, en lugar de Diana. Ana suspiró. Diana tenÃa tantos otros intereses, ahora. Las fiestas y conciertos habÃan terminado para ella.