Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos »Hace tres domingos, en la iglesia… ¿Recuerdas el día en que el pobre señor Milvain dio el sermón y estaba tan resfriado, que no se le entendió nada? Bien, pasé el tiempo embelleciendo a las personas que me rodeaban. Le puse a la señora Brent una nariz nueva, ricé el pelo de Mary Addison, y al de Jane Marsden le di un enjuague con limón. Vestí a Emma Dill de azul en lugar de marrón, a Charlotte Blair la vestí con rayas en lugar de cuadros, quité unos cuantos lunares y afeité los bigotes caídos de Thomas Anderson. No los hubieras reconocido cuando terminé con ellos. Y salvo lo referente a la nariz de la señora Brent, ellos mismos podrían haber hecho lo que hice yo. Katherine, tus ojos son color té… té ambarino. Bien, esta noche tienes que estar tan resplandeciente, clara y alegre como un arroyo.
—Todo lo que yo no soy.
—Todo lo que has sido esta última semana. Así que puedes ser de ese modo.
—Eso es solamente la magia de Tejas Verdes. Cuando vuelva a Summerside, habrán tocado las doce para Cenicienta.
—Te llevarás la magia contigo. Mírate. Así tendrías que estar todo el tiempo.
Katherine contempló su imagen en el espejo, como si dudara de su identidad.