Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Me alegra que te haya caído bien Katherine, Gilbert. Estuvo sorprendentemente amable contigo. Es asombroso lo agradable que puede ser cuando se esfuerza. Y creo que ella está tan sorprendida como cualquiera. No tenía idea de que pudiese ser tan fácil.
Va a ser tan diferente en la escuela tener una vicedirectora con la que realmente se puede trabajar. Se mudará de pensión y ya la he convencido de que se compre ese sombrero de terciopelo; no he perdido las esperanzas de convencerla de que cante en el coro. Ayer vino el perro del señor Hamilton y persiguió a Dusty Miller.
«Esto sí que es el colmo», declaró Rebecca Dew.
Y con las mejillas más rojas que nunca y la espalda regordeta sacudiéndose de furia, tan apurada que se puso el sombrero al revés, avanzó calle arriba y le cantó cuatro frescas al señor Hamilton. Puedo imaginar perfectamente bien su cara bonachona, tonta, mientras escuchaba a Rebecca.
«No aprecio a “ese gato”», me dijo ella, «pero es nuestro y ningún perro Hamilton va a venir aquí a faltarle el respeto en su propio jardín».
«Pero sólo lo corrió para divertirse», explicó Jabez Hamilton.
«Pues la forma de divertirse de los Hamilton es distinta de la de los MacComber, de la de los MacLean o, si es por eso, de la de los Dew», rebatió ella.