Ana la de Alamos Ventosos

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La pequeña Elizabeth lloró lágrimas amargas en la torre esa noche y aseguró que quedaría convertida en Lizzie para siempre. Ya nunca podría ser ningún otro de sus nombres.

«La semana pasada amaba a Dios, esta semana, no», dijo, desafiante.

Toda su clase iba a participar en el programa y ella se sentía como un «leopardo». Creo que la pobrecilla quiso decir un «leproso», y eso es horrible. La preciosa Elizabeth no debe sentirse así. De manera que la tarde siguiente, me inventé algo que hacer en Siempreverde. La «mujer», que realmente parece antediluviana, me miró con frialdad y me hizo pasar a la salita, mientras iba en busca de la señora Campbell para informarle que yo había preguntado por ella.

Creo que ni ha entrado sol en esa sala desde que construyeron la casa. Había un piano, pero estoy segura de que nunca ha sido tocado. Contra la pared había sillas duras, tapizadas en brocado de seda… todos los muebles estaban contra la pared, salvo una mesa de mármol que ocupaba el centro; ninguna de las piezas parecía conocer a las demás.


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