Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Entró la señora Campbell. Nunca la había visto antes. Tiene una cara refinada, como esculpida, que podría haber sido de hombre, con ojos negros y cejas hirsutas bajo un pelo muy blanco. No ha renunciado a todos los adornos corporales, puesto que llevaba grandes aros de ónix que le llegaban hasta los hombros. Se mostró penosamente cortés conmigo y yo implacablemente cortés con ella. Intercambiamos trivialidades acerca del tiempo por unos minutos, ambas, como dijo Tácito hace unos miles de años, «con expresiones ajustadas a la ocasión». Le dije que había ido a ver si me prestaba las Memorias del reverendo James Wallace Campbell por un tiempo, puesto que tenía entendido que había bastante información sobre la historia de la isla, que yo quería utilizar en la escuela.
La señora Campbell se ablandó notablemente y llamó a Elizabeth para que subiera a su cuarto y trajera las Memorias. Pude ver que Elizabeth había estado llorando y la señora Campbell me explicó que se debía a que la maestra de la niña había enviado otra nota en la que le suplicaba que le permitieran cantar en el concierto, y que ella, la señora Campbell, había escrito una respuesta tajante que la pequeña Elizabeth tendría que llevar a la maestra a la mañana siguiente.
«No estoy de acuerdo con que niñas de la edad de Elizabeth canten en público», dijo la anciana. «Se vuelven descaradas y atrevidas».