Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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—Tal vez haya sido sólo una sombra —se corrigió la prima Ernestina sumisamente—. Mis ojos no son lo que eran. Temo que pronto quedaré ciega. Eso me recuerda… pasé a ver a Martha MacKay esta tarde y se sentía mal y estaba cubierta de una especie de sarpullido. «Me parece que tienes sarampión», le dije. «Es probable que quedes prácticamente ciega. Toda tu familia tiene mala vista». Me pareció que debía estar preparada. Su madre tampoco está bien. El médico dice que es indigestión, pero yo temo que sea un bulto. «Y si vas a operarte con cloroformo, temo que no saldrás de la operación. Recuerda que eres una Hillis, y los Hillis siempre tuvieron corazones débiles. Tu padre murió de un ataque cardíaco, sabes».

—¡Sí, a los ochenta y siete años! —resopló Rebecca Dew, mientras se llevaba un plato.

—Y tres veintenas más diez es el límite que pone la Biblia —comentó la tía Chatty alegremente.

La prima Ernestina se sirvió una tercera cucharada de azúcar y revolvió el té sombríamente.

—Así dijo el rey David, Charlotte, pero me temo que no era un buen hombre en algunos aspectos.

Ana captó la mirada de la tía Chatty y rió antes de poder contenerse.

La prima Ernestina la miró con desaprobación.


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