Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Hazel había estado desnudando su alma ante Ana en la habitación de la torre, desde donde podían ver una luna joven colgando sobre el puerto, y el crepúsculo de mayo llenando las copas rojas de los tulipanes bajo las ventanas.
—No encendamos las luces todavía —había suplicado Hazel, y Ana había estado de acuerdo.
—Es hermoso cuando la oscuridad es tu amiga, ¿no crees? Cuando enciendes la luz, la oscuridad se vuelve tu enemiga… y te mira con resentimiento.
—Puedo pensar cosas como ésas, pero nunca puedo expresarlas de manera tan bella —se quejó Hazel, extasiada—. Habla el idioma de las violetas, señorita Shirley.
Hazel no podría haber explicado a qué se refería con eso, pero no tenía importancia. Sonaba tan poético.
La habitación de la torre era el único lugar tranquilo en la casa. Rebecca Dew había dicho esa mañana, con expresión agobiada:
—Hay que empapelar la sala y el dormitorio libre antes de la reunión de la Sociedad de Damas. —Y había procedido a sacar todos los muebles de ambas habitaciones para dejar lugar al empapelador, que luego se negó a venir hasta el día siguiente. Álamos Ventosos era una selva de confusión, con un solo claro de quietud en la torre.