Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Se quedó despierta largo rato. Era un placer estar allí tendida, escuchando el magnífico y bajo ruido de trueno, que la señorita Shirley le había explicado era el mar. A Elizabeth le encantaba, al igual que el suspiro del viento entre las vigas. Elizabeth siempre había tenido «miedo a la noche». ¿Quién sabía qué cosas extrañas podían abalanzarse sobre nosotros desde las sombras? Pero ahora ya no la temía. Por primera vez en la vida, la noche le resultaba una amiga.
Irían a la playa al día siguiente, había prometido la señorita Shirley, y se darían un remojón en esas olas de borde plateado que habían visto romper más allá de los dunas verdes de Avonlea, cuando subían la última colina. Elizabeth las miraba llegar, una detrás de la otra. Una era una gran ola oscura de sueño… rompía sobre ella… Elizabeth se ahogó en la ola con un delicioso suspiro de entrega.
«Aquí… es… tan… fácil… amar… a… Dios…», fue su último pensamiento consciente.
Pero permanecía despierta un rato, pensando, todas las noches, en Tejas Verdes, después de que la señorita Shirley se dormía. ¿Por qué la vida en Siempreverde no podía ser como en Tejas Verdes?