Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Pero lo curioso era que ya no deseaba gritar, ahora que nada se lo impedía. Le gustaba moverse en silencio, andar con cuidado entre todas las cosas bonitas que la rodeaban. Pero Elizabeth aprendió a reír durante su estada en Tejas Verdes. Y cuando volvió a Summerside, llevó consigo hermosos recuerdos, y dejó, también, recuerdos muy gratos de ella. Para los habitantes de Tejas Verdes, durante meses, la casa y los alrededores siguieron llenos de recuerdos de la pequeña Elizabeth. Porque para ellos, era «la pequeña Elizabeth», a pesar de que Ana la había presentado solemnemente como «la señorita Elizabeth». Era tan menuda, tan dorada, tan parecida a un duende, que sólo podían pensar en ella como en «la pequeña Elizabeth»… La pequeña Elizabeth, bailando al anochecer en el jardín entre los lirios de junio… enroscada sobre una rama del gran manzano, leyendo cuentos de hadas… La pequeña Elizabeth, hundida en una pradera llena de flores, donde su cabecita era solamente una flor más… persiguiendo mariposas por el Sendero de los Enamorados… escuchando zumbar a los abejorros entre las flores… comiendo fresas con crema con Dora, en la despensa, o grosellas, en el jardín.
—Las grosellas son hermosas, ¿no te parece, Dora? Es como comer joyas, ¿no?