Ana la de Alamos Ventosos

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—¿Os gustan mi cinturón y mis lazos nuevos? —la imitó Geraldine, provocadora.

—Pero tú no tienes lazos —objetó Ivy.

—Pero tú no tienes lazos —repitió Geraldine.

Ivy la miró, perpleja.

—Sí que tengo. ¿No los ves?

—Sí que tengo. ¿No los ves? —se burló Geraldine, encantada con la brillante idea de repetir en tono sarcástico todo lo que decía Ivy.

—No están pagados —dijo Gerald.

Ivy Trent era irascible. Su rostro se puso rojo como los lazos.

—Sí que lo están. Mi mamá siempre paga las cuentas.

—Mi mamá siempre paga las cuentas —canturreó Geraldine.

Ivy estaba incómoda. No sabía cómo manejar la situación. De modo que se volvió hacia Gerald, que era, sin duda, el chico más apuesto de la calle. Ivy se había decidido por él.

—Vine a decirte que aceptaré que seas mi pretendiente —declaró, mirándolo elocuentemente con un par de ojos castaños que, aun a los siete años, había descubierto Ivy, tenían un efecto devastador sobre la mayoría de los muchachitos que conocía.

Gerald enrojeció intensamente.

—No quiero ser tu pretendiente —dijo.


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