Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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—Pero tienes que serlo —dijo Ivy con serenidad.

—Pero tienes que serlo —la imitó Geraldine, sacudiendo la cabeza en dirección a su hermano.

—¡Ni pensarlo! —chilló Gerald, furioso—. Y deja de decir tonterias, Ivy Trent.

—Tienes que serlo —insistió Ivy, obstinada.

—Tienes que serlo —acotó Geraldine.

Ivy le dirigió una mirada fulminante.

—¡Cállate de una vez, Geraldine Raymond!

—Es mi jardín y puedo hablar todo lo que quiera —afirmó Geraldine.

—Claro que sí —la apoyó Gerald—. Y si no te callas, Ivy Trent, iré a tu casa y le arrancaré los ojos a tu muñeca.

—Mi mamá te dará una paliza, si lo haces —exclamó Ivy.

—¿Ah, sí? ¿Y sabes lo que le hará mi mamá a la tuya? Le dará un puñetazo en la nariz.

—Bueno, de todos modos, tienes que ser mi pretendiente —dijo Ivy, volviendo al tema fundamental.

—Te… te… hundiré la cabeza en el barril de agua de lluvia —gritó Gerald, perdiendo los estribos—. Te apretaré la cara contra un hormiguero… ¡Te arrancaré los lazos y el cinturón!

Esto último fue dicho en tono triunfante, pues al menos era factible.


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