Ana la de Alamos Ventosos

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—Hagámoslo —propuso Geraldine.

Se abalanzaron sobre la desafortunada Ivy, que pateó y gritó y trató de morder, pero nada pudo hacer contra ellos dos. Juntos la arrastraron por el jardín hasta el cobertizo donde guardaban la leña y desde donde no se oirían sus gritos.

—Rápido —jadeó Geraldine—, antes de que salga la señorita Shirley.

No había tiempo que perder. Gerald sujetó las piernas de Ivy mientras con una mano, Geraldine le aferraba las muñecas y con la otra le arrancaba los lazos del pelo y del vestido y el cinturón.

—Pintémosle las piernas —gritó Gerald. Su mirada se topó con un par de latas de pintura dejadas allí por obreros la semana anterior—. Yo la sujeto; tú, píntala.

Ivy chillaba, desesperada. Le bajaron las medias y unos instantes después, sus piernas lucían anchas rayas de pintura roja y verde. El vestido se manchó con pintura, al igual que las botas. Como toque final, le llenaron los rizos de serrín. Ivy daba lástima cuando por fin la soltaron. Los mellizos aullaron de risa al contemplarla. Largas semanas de aires y condescendencias por parte de Ivy habían sido vengadas.

—Ahora vete a tu casa —le ordenó Gerald—. Así aprenderás a no ir por ahí diciéndoles a los hombres que tienen que ser tus pretendientes.


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