Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Caminaron hasta la orilla. La tarde de septiembre se habÃa puesto frÃa y ventosa. Temblaban horriblemente… tenÃan las caras azules. Ana, sin una palabra de censura, los llevó a toda prisa a la casa, los desvistió y los metió en la cama de la señora Raymond, con bolsas de agua caliente en los pies. SeguÃan tiritando. ¿Se habrÃan resfriado? ¿Y si enfermaban de neumonÃa?
—Debió cuidarnos mejor, señorita Shirley —dijo Gerald, que seguÃa castañeteando los dientes.
—Claro que sà —acotó Geraldine.
Ana, desesperada, fue abajo y llamó al médico. Para cuando llegó, los mellizos habÃan entrado en calor, y el médico aseguró a Ana que no corrÃan peligro. Si se quedaban en la cama hasta el dÃa siguiente, estarÃan muy bien.
El médico se encontró con la señora Raymond, que venÃa desde la estación, y fue una dama pálida y al borde de la histeria la que entró al cabo de unos minutos.
—Ay, señorita Shirley, ¿cómo pudo dejar que mis ángeles corrieran semejante peligro?
—Es lo que le dijimos, mamá —acotaron los mellizos.
—Confié en usted… le dije que…