Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Atravesó corriendo el jardín y cruzó el portón que daba a un bosquecillo que llegaba hasta el estanque del campo del señor Robert Creedmore. Gerald se estaba empujando alegremente con un palo en el botecito del señor Creedmore. Justo cuando Ana salió de entre los árboles, el palo, que se había hundido bastante en el barro, salió con facilidad al tercer tirón y Gerald salió disparado al agua.
Ana dejó escapar un grito de horror, aunque no había motivos para alarmarse. El agua del estanque, en su parte más profunda, no llegaría a los hombros de Gerald, y allí donde había caído, apenas le llegaba a la cintura. El niño había logrado enderezarse y estaba allí de pie, con el pelo empapado y pegado a la cabeza. El grito de Ana hizo eco a sus espaldas y Geraldine, en camisón, apareció corriendo entre los árboles hasta el borde de la pequeña plataforma de madera donde estaba siempre amarrado el bote.
Al grito desesperado de «¡Gerald!», saltó y se arrojó al agua, yendo a caer junto a su hermano, que casi perdió el equilibrio nuevamente.
—Gerald, ¿te has ahogado? —chilló Geraldine—. ¿Te has ahogado, Gerald, querido?
—No… no… hermanita —le aseguró Gerald, castañeteando los dientes.
Se abrazaron con fuerza.
—Niños, venid aquí de inmediato —dijo Ana.