Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Ana seguía hablando en voz baja. Geraldine se desvistió sumisamente y se metió en la cama. Gerald, también sumisamente, se metió dentro del guardarropa. Era grande y aireado, con una ventana y una silla, y nadie podría haber dicho que el castigo era demasiado severo. Ana echó llave a la puerta y se sentó con un libro junto a la ventana del corredor. Por lo menos, tendría dos horas de paz.
Cuando fue a espiar a Geraldine, unos minutos más tarde, la encontró profundamente dormida, con aire tan angelical, que Ana casi se arrepintió de su severidad. Bien, una siesta no le haría mal. Cuando despertara, le permitiría salir, aunque no hubieran transcurrido las dos horas.
Una hora después, Geraldine seguía durmiendo. Gerard había estado tan callado, que Ana decidió que había aceptado el castigo como un hombre y podía ser perdonado. Después de todo, Ivy Trent era una vanidosa y sin duda lo habría hecho enfurecer.
Giró la llave en la cerradura y abrió la puerta.
Gerald no estaba adentro. La ventana estaba abierta. Justo debajo de ella, se veía el techo de la galería lateral. Ana apretó los labios. Bajó las escaleras y salió al jardín. Ni rastro de Gerald. Exploró la leñera y miró hacia la calle. Nada.