Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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Eso era un coro de gritos, aullidos y chillidos que resonaba desde la escalera. Ana corrió arriba. En el corredor, se encontró con una masa que se retorcía, se enroscaba, mordía y arrancaba. Separó a los enfurecidos mellizos con dificultad y sujetando a cada uno de un hombro, les preguntó qué significaba ese comportamiento.

—Ella dice que tengo que ser el pretendiente de Ivy Trent —rugió Gerald.

—Y tiene que serlo —chilló Geraldine.

—¡Ni pensarlo!

—¡Tienes que serlo!

—¡Niños!

Algo en el tono de Ana los hizo callar. La miraron y vieron a una señorita Shirley desconocida. Por primera vez en la vida, sintieron la fuerza de la autoridad.

—Tú, Geraldine —dijo Ana en voz baja—, irás a acostarte por dos horas. Y tú, Gerald, pasarás el mismo tiempo dentro del guardarropa del vestíbulo. No quiero oír una palabra. Os habéis comportado de forma abominable y debéis aceptar el castigo. Vuestra madre os ha dejado a mi cargo y me vais a obedecer.

—Entonces castíguenos juntos —dijo Geraldine, echándose a llorar.

—Sí… no tiene derecho de separarnos… nunca nos han separado —masculló Gerald.

—Pues ésta será la primera vez.


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