Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos El señor Grand habÃa dicho todo lo que tenÃa que decir y se habÃa despedido con una inclinación. Ana se quedó un instante en la puerta, preguntándose dónde estarÃan los mellizos. Subiendo la calle en dirección al portón, venÃa una dama furibunda, trayendo a rastras a un desdichado y sollozante átomo de humanidad.
—Señorita Shirley, ¿dónde está la señora Raymond? —quiso saber la señora Trent.
—Se fue a…
—Insisto en ver a la señora Raymond. Verá con sus propios ojos lo que sus hijos le han hecho a la pobre Ivy, inocente e indefensa. ¡MÃrela, señorita Shirley, mÃrela!
—Ay, señora Trent… ¡cuánto lo siento! Es todo culpa mÃa. La señora Raymond no está… y le prometà que cuidarÃa a los mellizos. Pero vino el señor Grand…
—No, no es culpa suya, señorita Shirley. No la culpo a usted. Nadie puede con esos niños diabólicos. Todo el vecindario sabe cómo son. Si la señora Raymond no está, no tiene sentido que me quede. Llevaré a la pobre niña a casa. Pero la señora Raymond se enterará de esto… se lo aseguro. ¡Escuche eso, señorita Shirley! ¿Acaso se están descuartizando mutuamente?