Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Tengo que confesarte algo que hice la semana pasada, Gilbert. Supongo que pensarás que otra vez me estoy metiendo en los asuntos ajenos. Pero tenía que hacer algo. No estaré en Summerside el año que viene y no soporto la idea de dejar a la pequeña Elizabeth a merced de esas dos mujeres que no le brindan cariño y que se están volviendo cada vez más amargadas y llenas de prejuicios. ¿Qué clase de adolescencia tendrá en esa casona deprimente?
«Me pregunto», me dijo con aire melancólico no hace mucho tiempo, «cómo sería tener una abuela a la que no se tiene miedo».
Lo que hice fue esto: le escribí a su padre. Vive en París y yo no sabía la dirección, pero Rebecca Dew había oído el nombre de la firma cuya sucursal maneja, y pudo recordarlo, de modo que me arriesgué y le envié la carta a la empresa. Escribí en la forma más diplomática que pude, pero le dije claramente que debería llevarse a Elizabeth. Le conté cómo sueña ella con él y que la señora Campbell era realmente demasiado severa y estricta con ella. Tal vez no salga nada de esto, pero si no le hubiera escrito, me hubiera quedado siempre con la convicción de que debería haberlo hecho.