Ana la de Alamos Ventosos

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«Señora MacComber, no soy una lombriz ni un felpudo. Bien, esto ha sido una lección para mí. ¡Nunca más permitiré que mis afectos se enreden con un animal de cualquier tipo o descripción! Y si lo hubieran hecho abiertamente… pero a mis espaldas… ¡aprovecharse de mí de ese modo! Jamás oí algo más malvado. ¡Pero quién soy yo, desde luego, para pretender que se consideren mis sentimientos!».

«Rebecca» suplicó la tía Kate, desesperada, «si quieres que Dusty Miller vuelva, podemos ir a buscarlo».

«¿Y por qué no me lo dijo antes, entonces?», quiso saber Rebecca Dew. «Además, lo dudo. Jane Edmonds ya le debe de haber clavado las garras. ¿Acaso es probable que nos lo devuelva?».

«Creo que lo hará», dijo la tía Kate, que al parecer, se había convertido en gelatina. «Y si vuelve, ¿no nos dejarás, verdad, Rebecca?».

«Tal vez lo reconsidere», replicó Rebecca con la expresión de quien hace una tremenda concesión.

Al día siguiente, la tía Chatty trajo a Dusty Miller a casa, dentro de una cesta cubierta. Capté la mirada que intercambió con la tía Kate después de que Rebecca se llevó al gato a la cocina y cerró la puerta. ¡Me siento muy intrigada! ¿Acaso todo habrá sido una trama urdida por las viudas, con la ayuda de Jane Edmonds?


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