Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos «Eso es», replicó Rebecca con amargura. «¡Écheme las cosas en cara! ¡No tenga consideración alguna por mis sentimientos! ¡Ese pobre gato querido! Lo he atendido y mimado y me he levantado de noche para dejarlo entrar. Y ahora lo hacen desaparecer detrás de mi espalda sin siquiera decir agua va. ¡Y se lo dan a Sarah Edmonds, que no le compraría un trozo de hígado ni si el pobre animal se estuviera muriendo! ¡La única compañía que yo tenía en la cocina!».
«Pero Rebecca, siempre te…».
«Sí, siga, siga. No me deje intercalar una palabra, señora MacComber. Crié a ese gato desde que era gatito… cuidé su salud y su educación… ¿y para qué? Para que Jane Edmonds tuviera un gato bien entrenado como compañía. Bien, espero que se quede fuera en la escarcha por las noches, como he hecho yo, llamando al pobre gato durante horas antes que dejarlo fuera para que se congele, pero dudo de que lo haga. Lo dudo mucho. Muy bien, señora MacComber, sólo espero que su conciencia no le remuerda la próxima vez que haya diez grados bajo cero. Yo no pegaré un ojo cuando eso suceda, pero claro, eso ya no es importante para nadie».
«Rebecca, si solamente quisieras…».