Ana la de Alamos Ventosos

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Rebecca se había ido por el día a ayudar a una parienta a hacer alfombras. Al anochecer, cuando volvió, nadie tocó el tema; antes de ir a acostarse, Rebecca se puso a llamar a Dusty Miller desde la galería trasera. La tía Kate aprovechó para decirle en voz baja:

«No necesitas llamar a Dusty Miller, Rebecca. Ya no está. Le encontramos otro hogar. Ya no te ocasionará más molestias».

Si Rebecca Dew hubiera podido ponerse pálida, lo habría hecho.

«¿No está aquí? ¿Le encontraron otro hogar? ¡Santo cielo! ¿No es éste su hogar?».

«Se lo regalamos a la señora Edmonds. Ha estado muy sola desde que se casó la hija, y pensó que un lindo gato le haría buena compañía».

Rebecca Dew entró y cerró la puerta. Se la veía muy alterada.

«Esto es la gota que desborda el vaso», afirmó.

Y parecía que realmente lo fuese. Nunca he visto a Rebecca Dew echar chispas por los ojos de ese modo.

«Me iré a fin de mes, señora MacComber, y antes también, si usted puede arreglárselas».

«Pero Rebecca», exclamó la tía Kate, desconcertada. «No comprendo. Siempre le tuviste antipatía a Dusty Miller. La semana pasada dijiste…».


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