Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Bienvenida a la Casa Tomgallon, querida —dijo, extendiendo hacia Ana una mano huesuda, salpicada también de brillantes—. Me alegro mucho de tenerte aquà como mi invitada.
—Y yo…
—La Casa Tomgallon siempre fue un reducto de belleza y juventud en los viejos tiempos. SolÃamos dar muchas fiestas y agasajar a todas las celebridades que venÃan de visita —prosiguió la señorita Minerva, guiando a Ana por la gastada alfombra roja hacia la gran escalinata—. Pero ahora todo ha cambiado. Recibo muy poco. Soy la última de los Tomgallon. Quizá sea mejor asÃ. Nuestra familia, querida, está bajo una maldición.
La señorita Minerva infundió una nota tan macabra de misterio y horror a su voz, que Ana contuvo un estremecimiento. ¡La Maldición de los Tomgallon! ¡Qué tÃtulo para un cuento!
—Ésta es la escalera por la que cayó mi bisabuelo Tomgallon. Se rompió el cuello, la noche de la fiesta que daba para inaugurar su nueva casa. Esta casa fue consagrada por sangre humana. Cayó allÃ… —La señorita Minerva apuntó con un dedo largo y pálido hacia una alfombra de piel de tigre. Lo hizo con tanto dramatismo, que Ana casi pudo ver al difunto Tomgallon muriéndose sobre ella. No sabÃa qué decir, de manera que atinó a exclamar:
—¡Oh!