Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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La señorita Minerva la llevó por un vestíbulo, lleno de retratos y fotografías de descolorida belleza, con la famosa ventana con vitrales al final. Entraron en un gran dormitorio de huéspedes, de altos techos y mucha dignidad. La alta cama de madera de nogal, con la enorme cabecera, estaba cubierta por un cobertor de seda tan fabuloso, que a Ana le pareció una profanación apoyar el abrigo y el sombrero sobre él.

—Tienes un cabello hermoso, querida —comentó la señorita Minerva—. Siempre me gustó el pelo rojizo.

Mi tía Lydia era pelirroja… la única pelirroja de los Tomgallon. Una noche, cuando se lo estaba cepillando en la habitación que da al norte, se le prendió fuego con la vela y ella corrió gritando por el corredor, envuelta en llamas. Todo parte de la maldición, querida… todo parte de la maldición.

—¿Y ella…?





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