Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —No, no murió quemada, pero perdió toda su belleza. Era muy guapa y vanidosa. Desde aquel día, nunca salió de la casa hasta que murió, y dejó indicaciones para que el ataúd estuviera cerrado, de manera que nadie pudiera ver su cara llena de cicatrices. ¿No quieres sentarte para quitarte las botas de goma, querida? Este sillón es muy cómodo. Mi hermana murió de un ataque cardíaco, sentada en él. Era viuda y volvió aquí a vivir después de la muerte de su marido. Su hijita se volcó encima una olla de agua hirviendo, en nuestra cocina. ¿No te parece una forma trágica de morir, para una criatura?
—¿Pero cómo…?
—Pero al menos sabemos cómo murió. Mi medio tía Eliza… es decir, hubiera sido mi medio tía si hubiera vivido… sencillamente desapareció cuando tenía seis años. Nadie supo nunca qué fue de ella.
—Pero sin duda…
—La buscaron por todas partes, pero nunca se supo nada. Dicen que su madre… mi abuelastra… había sido muy cruel con una sobrina de mi abuelo, una huérfana que se criaba aquí. La encerró en el armario, en el rellano de la escalera, un día caluroso de verano, para castigarla, y cuando fue a sacarla, la encontró… muerta. Algunas personas dijeron que en castigo, su propia hija desapareció. Pero yo pienso que fue todo por nuestra maldición.