Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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—¿Quién puso…?

—Qué empeine alto tienes, querida. El mío también provocaba admiración. Se decía que un chorro de agua podía correrle por debajo… la prueba de una aristócrata.

La señorita Minerva asomó con modestia un zapatito por debajo de la falda de terciopelo y reveló lo que, sin duda alguna, era un pie muy elegante.

—Por cierto…

—¿Te gustaría recorrer la casa, querida, antes de cenar? Solía ser el orgullo de Summerside. Supongo que todo debe de resultar terriblemente anticuado, ahora, pero tal vez haya algunas cosas de interés. Esa espada que cuelga en el rellano de la escalera perteneció a mi tatarabuelo, que fue oficial del Ejército Británico y recibió tierras en la isla Príncipe Eduardo por sus servicios. No llegó a vivir en esta casa, pero mi tatarabuela sí, durante algunas semanas. Murió muy poco después de la trágica muerte de su hijo.

La señorita Minerva guió implacablemente a Ana por toda la enorme casa, llena de gigantescas habitaciones cuadradas: salón de baile, sala de música, sala de billar, tres saloncitos, sala de desayuno, un sinnúmero de dormitorios y un amplísimo altillo. Todas eran magníficas y sombrías.


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