Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Ana sentía que también le gustaría verlo. Comprendía que había límites para la imaginación, después de todo. Ni aun estirando la suya al máximo, podía imaginar a un marido propinándole una paliza a la señorita Minerva Tomgallon.
—Éste es el salón de baile. Por supuesto, ya nunca se usa. Pero ha habido un sinnúmero de bailes aquí. Los bailes de los Tomgallon eran famosos. Los invitados venían desde toda la Isla. Esa araña le costó quinientos dólares a mi padre. Mi tía abuela Patience cayó muerta mientras bailaba aquí una noche… justo allí en ese rincón. Se afligía mucho por un hombre que la había defraudado. No puedo imaginar a una chica permitiendo que su corazón se rompa por un hombre. Los hombres (declaró la señorita Minerva, contemplando una fotografía de su padre, un caballero con hirsutas patillas y nariz aguileña) siempre me han parecido tan triviales.