Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Ah, sÃ, ésa era mi tÃa Emilia… bueno, no mi tÃa, en realidad, sino solamente la mujer de mi tÃo Alexander. Era famosa por su aspecto etéreo y espiritual, pero envenenó a su marido con un guiso de hongos… venenosos, claro está. Siempre fingimos que fue un accidente, puesto que un asesinato es algo tan engorroso para una familia, pero todos sabÃamos cuál era la verdad. Por cierto, ella se casó contra su voluntad. Era una jovencita alegre y él era demasiado viejo para ella. Diciembre y mayo, querida. No obstante, eso no justificaba los hongos venenosos. Poco después, ella desmejoró mucho. Están sepultados juntos en Charlottetown… todos los Tomgallon tienen sepultura en Charlottetown. Ésta era mi tÃa Louise. Bebió láudano. El médico se lo extrajo con un lavaje y la salvó, pero desde entonces, todos sentimos que no podÃamos confiar en ella. Realmente fue un alivio cuando murió de una respetable neumonÃa. Desde luego, algunos de nosotros no la culpábamos. Verás, querida, el marido le habÃa pegado una paliza.
—Pegado…
—Exacto. Realmente hay cosas que ningún caballero deberÃa hacer, querida, y una de ellas es darle una paliza a la esposa. Derribarla, quizá… pero darle una paliza, ¡nunca! Me gustarÃa —dijo la señorita Minerva, en tono majestuoso— ver al hombre que se atreviese a darme una paliza a mÃ.