Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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—Los Tomgallon siempre sirvieron una buena mesa —le aseguró la señorita Minerva, complacida—. Mi tía Sophia hacía la mejor torta esponjosa que he probado en mi vida. Creo que la única persona a la que mi padre odiaba ver entrar en nuestra casa era su hermana Mary, porque tenía poco apetito. Apenas probaba bocado. Él lo tomaba como una ofensa personal. Mi padre era un hombre inflexible. Nunca perdonó a mi hermano Richard por casarse en contra de su voluntad. Lo echó de la casa y nunca le permitió volver a pisarla. Papá siempre rezaba el padrenuestro durante las plegarias familiares por la mañana, pero después de que Richard lo desafió, siempre omitía la parte: «y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Puedo verlo —prosiguió la señorita Minerva con aire soñador—, arrodillado allí, omitiendo esa frase.

Después de cenar, fueron al más pequeño de los tres saloncitos, que, de todos modos, era grande y sombrío, y pasaron la velada delante de un enorme fuego, agradable y amistoso. Ana tejía y la señorita Minerva hacía punto con dos agujas, manteniendo lo que era prácticamente un monólogo, compuesto en gran parte por coloridas y macabras anécdotas sobre los Tomgallon.

—Ésta es una casa de recuerdos trágicos, querida.


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