Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Señorita Tomgallon, ¿nada agradable sucedió en esta casa? —preguntó Ana. Logró terminar la frase por un pelo, pues la señorita Minerva habÃa tenido que dejar de hablar el tiempo suficiente para sonarse la nariz.
—SÃ, supongo que sà —respondió la anciana, como si detestara tener que admitirlo—. SÃ, desde luego, lo pasábamos de maravillas cuando yo era pequeña. Tengo entendido que estás escribiendo un libro sobre todos los de Summerside, querida.
—En absoluto… no hay una palabra de verdad…
—Ah, bueno. —La señorita Minerva parecÃa decepcionada—. Bien, si alguna vez lo haces, puedes usar cualquiera de nuestras anécdotas, quizá con los nombres cambiados. ¿Y qué te parece ahora una partida de parchÃs?
—Creo que ya es hora de irme…
—Ay, querida, no puedes volverte a tu casa esta noche. Está lloviendo a cántaros… y escucha el aullido del viento. Ya no tengo carruaje… no tengo oportunidad de usarlo… y no puedes caminar medio kilómetro bajo ese diluvio. Debes hospedarte aquà hasta mañana.